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Reflexión del Padre Gustavo Guiérrez

"No hay paz auténtica sin justicia, sin respeto por los derechos humanos"

La Universidad Ricardo Palma otorgó la distinción de Doctor Honoris Causa al filósofo, teólogo y psicólogo peruano, Padre Gustavo Gutiérrez, por sus aportes académicos y sociales en favor de los menos favorecidos de nuestro país y Latinoamérica. 

Compartimos un extracto del discurso de orden el Padre Gustavo Gutiérrez durante esta ceremonia:

“El Perú es un país de grandes desigualdades y de persistentes desencuentros. Nuestra historia -vieja y nueva a la vez- lejos de superarlos los ha ahondado y acelerado. Se trata, sin duda, de una de las brechas más grandes de América Latina. En ella se acumulan -no clandestinamente, sino abiertamente- muertes prematuras e injustas, existencias marcadas por la debilidad física y las enfermedades, vidas que se arrastran entre frustraciones y angustias. Esto ha creado una compleja situación ante la cual la sociedad no ha sabido responder siempre como debía, con total respeto por los derechos humanos.

No se trata únicamente de desniveles sociales. Somos también un país variopinto racial y culturalmente. En él conviven desde hace siglos, sin encontrarse plenamente, diversos pueblos que se diferencian por el color de la piel, la lengua, las costumbres, las expresiones artísticas. Los lazos que la obligada coexistencia ha logrado establecer no han podido acortar significativamente las distancias, ni vencer los prejuicios, la ignorancia mutua y la hostilidad. La vida, pasión y muerte de José María Arguedas, nos dan un penoso y urgente testimonio tanto de las aproximaciones como del camino por recorrer en un proceso que no ha logrado todavía cuajar y que por momentos amenaza con quedar trunco.

No podemos ni debemos ocultar que en esta heterogeneidad, que sin lugar a dudas es también una riqueza, hay aspectos desgarradores y graves responsabilidades de carácter ético. Ello ocurre cuando, como es el caso, la diversidad comprende el menosprecio por las personas, la ceguera de quienes gozan de privilegios, el convencimiento -sin asomo de duda- de que unos han nacido en este país para mandar y otros para obedecer. Comprende asimismo actitudes racistas -cuya pretendida inexistencia entre nosotros es una de nuestras mentiras sociales-, la violación multiforme del derecho a la vida, la despreocupación -que tiene mucho de suicida- de los que han tenido y tienen la posibilidad de forjar una sociedad justa con iguales oportunidades para todos. En breve, eso sucede cuando en el seno de esa diversidad, y alimentando importantes rasgos de ella, subsiste una grave injusticia social.

Como la Biblia lo dice a cada paso, y lo dicta el sentido común, no hay paz auténtica sin justicia, sin respeto por los derechos humanos y claros está, por el primero de ellos: el derecho a la vida. No estamos ante un asunto que pueda ser dirimido únicamente en el campo de las políticas por aplicar o de los factores económicos a tener en cuenta. En la raíz hay una cuestión ética, de sentido de la persona humana, del porqué de la vida en sociedad. La coherencia personal o la doblez embustera, la verdad o la mentira en el discurso político, la certeza de que todos los seres humanos son iguales en dignidad o la pretendida superioridad de algunos, la honestidad en el manejo de los recursos públicos o el usarlos como su caja chica y personal, no son vagos y gaseosos problemas morales. Son decisivos en el establecimiento de relaciones sociales justas y respetuosas. No hay nada más concreto que una buena teoría, parafraseándolo podríamos afirmar en el Perú de nuestros días que no hay nada más político (en tanto construcción de la polis, la ciudad, la nación) que un buen y exigente comportamiento ético. Las variadas formas de corrupción (el dinero fácil, el juego de influencias, la embriaguez del poder, el uso sistemático de la mentira) corroen la vida social y la credibilidad de quienes tienen importantes responsabilidades en ella.

Todo esto mantiene vivas y abiertas viejas heridas que no han logrado cicatrizar a lo largo de nuestra historia. A quien pueda pensar que el panorama descrito es sombrío, conviene decirle que la realidad -al menos una parte substancial de ella- lo es aún más, sobre todo para los pobres del país. Si queremos revertir esa situación debemos tener el coraje de mirarla cara a cara, sin ningún tipo de subterfugios o escapatorias.

Discernir en la crisis actual, percibir su hondura más allá de la coyuntura, y saber salir de ella con imaginación implica liberarse de una de las peores lacras que enferman y envenenan la relación entre peruanos. Nos referimos a lo poco que parece valer la vida humana entre nosotros. Los ejemplos, pese a todas las explicaciones y justificaciones que se quieran dar, están allí hiriendo nuestros ojos y nuestros corazones; son tan claros y tan frecuentes que es inútil entrar en detalles. Si esa actitud continuara no habría solución posible. Esa sería una de las peores secuelas de los violentos años que nos tocó vivir. Es decir, la postura que lleva a pensar que sólo la violencia, la mano dura caiga quien caiga, las actitudes totalitarias y arbitrarias pueden zanjar situaciones.

Eso es lo que no podemos aceptar como seres humanos y como ciudadanos de este país. Se impone un gran esfuerzo por forjar un mundo humano basado en la justicia social y el respeto a los derechos humanos y el cuidado del medio ambiente, tema que ha tomado gran importancia en el contexto del Cambio Climático que a muchos preocupa. Urge igualmente crear entre nosotros aquello que se ha designado como una cultura de la vida, vale decir como una actitud global que no deje resquicio a una voluntad de muerte, abierta o disfrazada. Para hacerlo contamos con la inmensa y variada riqueza histórica y cultural que nos viene de los diversos pueblos que viven -y buscan convivir- en el país. Desde esas distantes y distintas vertientes, sin que una se imponga a la otra, será posible esa nación para todos los que la anhelamos".


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