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OPINION
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Miedo y violencia

Por: Gonzalo Portocarrero*

En el Perú, especialmente Lima, la gente vive con miedo a ser asaltada, o de ser víctima de un secuestro, o de una bala perdida. En las encuestas se define a la delincuencia y la  corrupción como los principales problemas del país. La ciudadanía se siente desprotegida y desde este sentimiento de vulnerabilidad responsabiliza al Estado y  a la policía por hacer muy poco para frenar la ola de criminalidad. 

En los últimos años, con la expansión del delito, ya no se discuten temas como la prevención,  la sanción del crimen y la recuperación ciudadana del delincuente. Lo único que interesa es la represión. Entonces, una estrategia de lucha más integral contra el delito no tiene ninguna prioridad. Por ejemplo, ignoramos las razones del súbito crecimiento de las formas más negativas de  la criminalidad, como es el sicariato. En todo caso los testimonios de los asesinos nos invitan a que comprendamos sus actitudes y acciones como hijas de un ambiente violento, donde reina el machismo y la glorificación de la violencia como fundamento de la masculinidad a la que todos los niños y hombres debemos aspirar. Los sicarios y traficantes más mediáticos, se convierten en modelos de identidad para la juventud. 

Todo empieza en  casa con una relación violenta entre los padres. El niño/a se sorprende en un inicio ante la violencia;  entre pasmado y ansioso no encuentra cómo reaccionar, siente miedo, no encuentra la protección que anhela hasta que comprende que “así es la vida”, y que es mejor estar entre los seguros y agresivos que entre los que no saben cómo defenderse. Además el impacto de la violencia en el hogar se ve intensificado por los noticieros y films que traen lo peor de la calle al centro de la vida familiar. El niño/a  va asimilando que la violencia es una realidad “natural” y que conviene estar preparado para no ser una víctima más. En una situación así, la educación,  el cultivo del pensamiento y del diálogo no encuentran muchos estímulos.  A través de su afiliación a una banda, el joven se abraza a una carrera criminal que suele ser vertiginosa; a la larga,   un camino suicida pues tarde o temprano será capturado por la policía, o asesinado por miembros de otras bandas. Y mientras tanto será consumidor de drogas. Todo esto no lo ignora el delincuente, por lo que puede sospecharse que no ama la vida y que, secretamente, está buscando la muerte. Su autoestima es demasiado baja.

Contribuye a esta glorificación de la violencia, el crecimiento de las expectativas de consumo y la dificultad de encontrar un empleo adecuado. Entonces un joven como Gerald Oropesa dedicado al tráfico de drogas, y gran admirador de los auto de lujo, se convierte en un modelo, un héroe para muchos jóvenes para quienes el trabajo honrado no es un camino para salir de la pobreza y lograr el progreso. 

Todo lo anterior nos hace pensar que el camino para desmitificar la violencia es insistir en el diálogo como camino al logro de relaciones fraternas y equilibradas. Lo óptimo fuera que las habilidades de escuchar y comprender, y de argumentar y proponer fueran desarrolladas en el hogar de una manera vivencial, mediante un aprendizaje práctico. Así se iría interiorizando el principio de buscar relaciones armoniosas. Lo que implica estar presto a comprender las razones del otro,  lo que no significa justificarlas;  y combatir el sentimiento de orgullo que produce el saberse capaz de pegar y aterrorizar a otros niño/as. 

Pero las condiciones no ayudan. La tensión suele ser intensa en el trabajo. Y el tamaño de Lima significa que el tráfico produce demasiado stress, de manera que  los p/madres regresan a casa exasperados, les queda muy poca paciencia para compartir con sus hijos.  


*Gonzalo Portocarrero, sociólogo, docente de la Universidad Católica e integrante del Grupo Impulsor Inversión en la Infancia.



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