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OPINION
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Ahora, que jueguen los niños

En homenaje al maestro y amigo Eduardo Bustelo, fallecido recientemente, el Grupo Impulsor Inversión en la Infancia pública el artículo “Ahora, que jueguen los niños”, que el recordado Eduardo Bustelo, que tanto ha aportado a favor de la infancia, escribiera hace un tiempo y que nosotros publicamos en la edición 102 de este Blog en abril de 2013. 

Por: Eduardo Bustelo Graffigna

Afirma Giorgio Agamben, el limbo puede definirse como la experiencia de los niños muertos sin bautismo y que no tienen ninguna culpa pero que permanecen en la culpa del pecado original. No pueden ser condenados al infierno puesto que no cometieron ningún pecado y permanecen alejados perpetuamente de la contemplación de Dios. Tampoco podrían ir a la contemplación definitiva de Dios puesto que conservan la mancha originaria del pecado. Santo Tomás explica que los niños del limbo no experimentan dolor pues no pueden sufrir una pena por alguna falta que no cometieron. No tienen conciencia de estar privados del bien absoluto, por lo tanto, no caen en la desesperación como los condenados al infierno. Agamben explica que, están como “definitivamente perdidos, habitan sin dolor en el abandono divino”. Sin la felicidad de los que se salvaron ni la desesperación de los condenados viven en una tristeza suspendida. Se trata de criaturas en una situación muy grave ya que están anuladas: ni condenadas ni salvadas, sujetas a una invalidación radical. Esto nos remite a una dramática pregunta: ¿No es el limbo “la realidad” de la infancia en la cultura?

El limbo es una metáfora más que fuerte respecto a la situación de la infancia y muy particularmente a su status jurídico. Me refiero al estado de excepción, una de las categorías más profundas formulada por Agamben, donde analiza “la ambigüedad constitutiva del orden jurídico por el cual éste parece estar siempre al mismo tiempo afuera y adentro de sí mismo, a la vez vida y norma, hecho y derecho”. Se ha constituido en la forma regular de gobierno moderno. La legalidad del orden jurídico y su continuidad consiste en legalizar la exclusión de quienes no tienen derechos y suspenderlos como excepción. En otras palabras: los derechos de la infancia se reconocen en su condición de existencia pero se desconocen en su condición de ejercicio. Esto puede instalar al derecho peligrosamente en una  relación con la vida, protegiéndola, o en su inverso que es lo más frecuente: la vida sin protección del derecho. Agamben citando a Benjamín dice: “la tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en el cual vivimos es la regla”. Si el estado de excepción es la regla aboliendo así la aplicación de la ley, ello borra dramáticamente la distinción entre violencia y  derecho, entre ley y verdugo, y por ende, la policía también se mueve en estado de excepción.

M. Foucault explica la correlación entre el orden jurídico y el poder, en su libro La Verdad y sus Formas Jurídicas. Recorre la historia de las distintas formas a través de las cuales las sociedades implementaron normas definidas como “verdad” desde un supuesto poder -el poder judicial-  como si éste estuviera afuera del sistema de poder. Así, el poder judicial ha pretendido definirse como “la verdad sin poder en contra de un poder sin verdad”. En realidad, el surgimiento de sistemas disciplinarios y punitivos y especialmente de las instituciones de encierro de “menores”, así como las normas de una “verdad” administrada, han estado asociados a necesidades concretas del sistema de poder y no a una justicia institucionalizada separada y por encima de la sociedad como poder autónomo. Siguiendo los razonamientos de Foucault, la verdad jurídicamente administrada tiene que ver con el saber como poder y el surgimiento de profesiones asociadas a la gestión de la justicia. Aquí el poder muestra “su” realidad en correlación con la defensa de sus intereses y en la sanción de una “legalidad” que corporativamente le favorece y que muy poco tiene que ver con la defensa de los intereses de niños y niñas.

En la relación humano/inhumano, corre paralelamente la de infancia-adulto. El niño seria lo inhumano como anterior a lo humano puesto que es anterior al lenguaje. De acuerdo al “saber” adultocéntrico, cuando la infancia es abolida o abandonada allí aparecería lo humano. Gracias al lenguaje el hombre adquiere como una segunda naturaleza que lo hace apto para vivir una vida en común. Pero tal vez la humanidad consistiría en su inverso. Jean-Francois Lyotard lo plantea correctamente: “privado de habla, incapaz de mantenerse erguido, vacilante sobre los objetos de su interés (…), insensible a la razón común, el niño es eminentemente lo humano porque su desamparo anuncia y promete los posibles. Su retraso inicial con respecto a la humanidad, que hace de él el rehén de la comunidad adulta, es también lo que manifiesta a esta última la falta de humanidad de la que padece y lo que la llama a ser más humana”. Si hay algo que está cuestionado y que solo podríamos sostener con arrogancia es precisamente la humanidad de los adultos en la cultura presente. Porque es en la adultez en donde lo humano y lo feroz frecuentemente coinciden. Entonces, la tarea no sería el abandono de la infancia sino el retorno a la misma, a la indeterminación inicial del hombre de la que nació y continúa naciendo. Allí está la libertad, allí está lo posible.

Dadas las reflexiones anteriores, definir la cultura de la infancia como minoridad, es un acto de soberbia y violencia que representa el poder de los adultos. La infancia es esencialmente quiebre y ruptura. Es el nacimiento de lo nuevo y una apertura que se anuncia. Son los que nacen sin hablar y no hablan lo que los adultos hablan. Por estar fuera del lenguaje, son la posibilidad de sustentar la palabra. Ernst Bloch en su magistral interpretación de la utopía la definió como lo que “todavía no ha llegado a ser”. Ésta posibilidad de una nueva alternativa anticipada coincide con la infancia. Alternativa que expresa la exigencia de una esperanza que es la infancia de lo nuevo. Por eso, para cambiar la pesadez extenuante de la negatividad del mundo, ahora que jueguen los niños.  



Eduardo Bustelo Graffigna, politólogo argentino, experto en administración pública y planificación social, fallecido el 31 de julio de este año. Fue consultor de Naciones Unidas en política social y combate a la pobreza, director de política social de UNICEF para América Latina y autor del libro “El recreo de la infancia”.


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