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OPINION
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¿Somos una sociedad más justa para la infancia? Avances y retos pendientes

Por: Carlos E. Aramburú

En 2000, el Perú, conjuntamente con otros 188 países, acordó impulsar los Objetivos del Milenio (ODM) al 2015. Este acuerdo global fue el resultado de un intenso esfuerzo de las Naciones Unidas para darle al tema social la importancia de la que había carecido hasta entonces. Para estimar el cumplimiento de estos ODM, las Naciones Unidas acaba de presentar el informe de avances para el Perú[1].

De los ocho ODM establecidos, tres son relevantes para la infancia. El ODM 1: reducir a la mitad la pobreza y el hambre; el ODM 4: reducir la mortalidad infantil en un 66%, y el ODM 5: reducir la mortalidad materna a la cuarta parte. 

¿Cuáles han sido los avances  desde 1991 y cuáles los retos pendientes al 2012? Los resultados a nivel agregado son positivos. El Perú ha superado ya, o está por alcanzar, estas metas al 2015. Sin embargo, las brechas, sea que estas se midan por lugar de residencia, nivel de ingreso o etnicidad, se han reducido poco o nada. En otras palabras, los promedios son positivos, pero en una sociedad desigual y heterogénea como la nuestra, estos ocultan la diversidad de oportunidades y condiciones de grupos específicos para alcanzar una sociedad más justa y equitativa.

Respecto de la pobreza monetaria[2], ésta se ha reducido del 54,4% al 25,8%, y la pobreza extrema del 23% al 6%, entre 1991-92 y 2011-2012.  La meta agregada se habría alcanzado antes del 2015.
 
La disminución de la pobreza está ligada a las mayores oportunidades económicas, es decir al impacto del mercado, en tanto que la reducción de la pobreza extrema depende más de los programas sociales del Estado (como Juntos). Sin embargo, la pobreza sigue afectando más a la población rural (56%, 3 veces más que a la población urbana), a los menores de 5 años (39%, lo que es 1,7 veces mayor que entre los mayores de 15 años) y a la población cuya lengua materna es el quechua, el aymara o alguna lengua amazónica (46%, nivel casi dos veces mayor que entre los hispano-hablantes). Las brechas en cuanto a la pobreza extrema son aún mayores: 14 veces más alta para la población rural (19,7% versus 1,4% en la urbana)[3] y dos veces y media mayor entre los hogares indígenas que en los no indígenas (12% versus 4,6%). Entre los niños menores de 10 años que viven en zonas rurales, la pobreza monetaria afecta al 68% de estos niños. Las víctimas centrales de la pobreza monetaria son los niños y niñas rurales e indígenas.

En cuanto al hambre y la infancia, los avances en la reducción de la desnutrición global (DG) o insuficiencia ponderal (medida por estándares de la Organización Mundial - OMS de peso para la edad) y la desnutrición crónica (DC) (talla para la edad, patrón OMS) tienen resultados alentadores: Entre 1991/2 y 2011/12 la DG ha bajado del 8,8% al 4,1% y la DC del 37,3% al 18,1% entre niños menores de 5 años. Se ha cumplido la meta antes del plazo. Cabe señalar que aún habiéndose cumplido esta meta, ello significa que casi uno de cada cinco niños ha pasado hambre en alguna etapa de sus primeros 5 años de vida.

Como en el caso anterior, estos datos promedio ocultan fuertes diferencias en la velocidad y nivel del problema del hambre infantil. Así, la DC se redujo en 62% para los niños urbanos, pero solo en un 32% para los rurales, entre 1991-2012; para esta fecha la DC en niños rurales es del 31,9%, casi el doble que el promedio nacional y 3,6 veces más alta que para los menores urbanos.

Un indicador que ha tenido un comportamiento errático es el del déficit calórico, que mide sobre todo la calidad de la dieta[4]. Este afecta a casi el 28% de los niños menores de 5 años. Curiosamente, este indicador ha empeorado para los niños urbanos (Lima y ciudades principales) y se ha mantenido estable o mejorado ligeramente para los rurales. Este hecho, relacionado al precio de los alimentos, amerita una investigación cuidadosa. El informe de las Naciones Unidas peca al no identificar los temas que requieren de mayor investigación, sobre todo cualitativa.

En cuanto a la mortalidad infantil (antes del primer año) y la mortalidad durante la niñez (antes de los 5 años), las mejoras han sido notables, las mayores en América Latina según este informe. La Tasa de Mortalidad Infantil (TMI) ha descendido en 69%  (de 55 a 17/1000 nacidos vivos) y la Tasa de Mortalidad en la Niñez (TMN) en 73% (de 78 a 21/1000) entre 1991/2-2011/12. Este descenso ha sido muy heterogéneo, un remarcable 80% en Arequipa versus un modesto 30% en Loreto. Este es otro aspecto que amerita investigación. La otra buena noticia es que la brecha urbano/rural en la TMI se ha reducido de más del doble a menos de 1,6 veces. Aún así, en el quintil más pobre los niños menores de un año tienen 3 veces más probabilidad de morir que los del quintil más rico. El informe del Sistema de Naciones Unidas señala, asimismo, que la mortalidad neo-natal (MNN=hasta los 21 días después del nacimiento) ha tenido menores avances y constituye una proporción creciente de la mortalidad infantil. Curiosamente, más del tercio de la MNN ocurre en niños con adecuado peso al nacer, lo que revela la falta de cuidados adecuados en el post-parto inmediato. Nuevamente, la región amazónica (Loreto) presenta los niveles más altos de MNN.

La mortalidad materna es un indicador clave no solo por ella misma, sino también por el efecto devastador que la muerte de una madre supone para su familia, en especial para los hijos pequeños. En el país entre 1991/2 y 2011/12 la razón de mortalidad materna (RMM) ha disminuido en 65%, faltando un 29% para alcanzar la meta. Las razones de este avance insuficiente son que pese a que ha crecido la atención pre-natal del 68% al 95% en este período, la planificación familiar se ha estancado, con un fuerte uso de métodos poco efectivos (como el “ritmo”) y casi no ha habido progresos en disminuir el embarazo adolescente que sigue afectando al 13% de las niñas menores de 19 años desde hace casi dos décadas. También en este indicador hay brechas enormes: el 34% de las jóvenes con bajos niveles educativos (primaria o menos) son madres o están embarazadas, frente al 8,6% de las que cuentan con educación superior.

Concluyendo, pese a importantes mejoras en los indicadores agregados que afectan a la niñez, la disminución de brechas es insatisfactoria. Ello supone que los programas sociales, teniendo en cuenta que el principal reto es la equidad, deben priorizar a la niñez rural e indígena para lograr una sociedad más justa.

[1] PNUD. Perú: Tercer informe nacional de cumplimiento de los objetivos de desarrollo del milenio. Lima 2013.

[2] La pobreza monetaria, medida por la comparación del gasto respecto del costo de una canasta básica de consumo (pobreza) y de la canasta básica alimentaria (pobreza extrema), es una de las medidas usadas internacionalmente para medir este fenómeno que es de carácter multidimensional.

[3] INEI. Informe Técnico sobre evolución de la  pobreza 2007-2012, Lima 2013.

[4] El déficit calórico es medido por el INEI por el valor nutricional de los alimentos adquiridos y no por su consumo efectivo.

Carlos E. Aramburú, antropólogo, especialista en desarrollo y políticas sociales, profesor principal de la Universidad Católica.


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